Susana Ayala, coordinadora docente en un colegio privado de Ciudad del Este, abordó la creciente dificultad que enfrentan las instituciones educativas para acompañar los procesos emocionales, sociales y conductuales de los adolescentes, muchas veces desbordadas por realidades que exceden el ámbito pedagógico tradicional.
Ayala explicó que los docentes deben lidiar a diario con situaciones complejas que van desde el uso excesivo de tecnología hasta los vínculos afectivos tempranos y la sobreexposición a contenidos digitales sin supervisión. “Todos los días tenemos que apagar incendios”, afirmó. “Los chicos están cada vez más solos, pasan muchas horas conectados, muchas veces sin comer, sin control, y eso se nota en clase: falta de concentración, escaso razonamiento, dependencia extrema de profesores particulares”.
Durante la entrevista relató casos de alumnos que pasan más de 17 horas frente a una pantalla jugando, o adolescentes que, a los 12 años, aún no saben realizar tareas básicas como atarse los cordones. “Viven encerrados en una burbuja”, lamentó.
También mencionó el impacto de las redes sociales en la vida escolar: “Todos tienen celular, incluso en séptimo grado. Aunque los padres crean que los controlan, muchas veces desconocen lo que realmente sucede”. Alertó sobre el contenido que se comparte sin filtros, los riesgos legales y la presión que eso genera en las instituciones.
La docente cuestionó la visión social del colegio como un espacio de estatus y de eventos, y no como un lugar de formación integral. Criticó el exceso de énfasis en actividades extracurriculares, como los intercolegiales, que muchas veces restan energía y atención al estudio. “Nosotros no somos un club social, somos un espacio para estudiar, esforzarse, aprender a dialogar”, subrayó.
Sobre el despertar afectivo y sexual, Ayala indicó que los adolescentes atraviesan procesos intensos sin herramientas para gestionarlos. “A los 13 ya cambian constantemente de pareja, se lastiman, y muchos chicos viven relaciones múltiples que generan conflictos, desilusiones, peleas. Lo vemos en los recreos, lo cuentan los compañeros”.
La coordinadora expresó su preocupación por los padres ausentes, sobrecargados por largas jornadas laborales, que muchas veces depositan en el colegio toda la responsabilidad educativa y emocional. “Entiendo a la madre trabajadora que sale a las 6 y vuelve a las 8 de la noche, y que solo espera que su hijo no le dé problemas. Pero hay cosas que no se pueden tercerizar del todo. Un chico de 12 años no está preparado para manejar solo sus emociones”, afirmó.
En medio de estas tensiones, el colegio se convierte en espejo de una realidad más amplia. “Lo que traen de afuera, se manifiesta adentro. Nos desborda. Y aun así, intentamos contener, acompañar, enseñar a poner límites, a ser empáticos, a elegir bien”, concluyó.


